Eugenio Coseriu

LO ERRÓNEO Y LO ACERTADO EN LA TEORÍA DE LA TRADUCCIÓN

Cuando Coseriu dice “en la teoría de la traducción”, se refiere a una teoría como campo de investigación afirmando que existen en dicha teoría, incluso en la más reciente, planteamientos erróneos consecuencia de confusiones o de no distinciones. Además, a menudo, no se derivan con plena coherencia consecuencias que deberían derivarse de principios correctos y correctamente formulados.

Coseriu plantea un objeto interdisciplinario y es que en el traducir, forma particular del hablar, todo está relacionado con todo, de tal modo que cualquier formulación de un principio equivale a una parcialización. Es así que la lingüística del texto no ha logrado aún identificar su objeto exactamente, ni identificar todas sus “categorías” y ordenarlas de manera coherente y provechosa.

Los buenos traductores fundados solo en su intuición plantean correctamente, aunque en forma implícita, los problemas teóricos de la traducción y, sobre todo, los resuelven correctamente en sus aspectos prácticos: así como para construir la teoría del hablar hay que observar a los hablantes, para construir la teoría de la traducción habría que observar a los traductores.

Planteamientos:

I) La problemática de la traducción y del traducir se aborda como problemática concerniente a las lenguas. Generalmente esta problemática se plantea relacionada simplemente a la relación lengua de partida – lengua de llegada, con lo cual la teoría de la traducción se considera un caso especial de la “lingüística de las lenguas”, más precisamente, de la lingüística contrastiva.
II) Se exige a la traducción, al menos de modo implícito, que reproduzca con los medios de la lengua de llegada todo lo entendido “en” y “por” los textos originales, todo lo “comunicado” por estos textos; y como la traducción no puede hacerlo, se la califica de imperfecta por su misma naturaleza, aunque necesaria desde el punto de vista práctico.
III) La traducción como técnica relacionada con las lenguas (“trasposición”) se equipara al traducir, es decir a la actividad de los traductores.. Esto lleva a la paradoja de que la traducción sería teóricamente imposible pero empíricamente una realidad.
IV) Se postula un “óptimum” de invariación genérico y abstracto, válido para toda la traducción.

¿Cómo se relacionan estos cuatro planteamientos entre sí?

Ya no se trata de la concepción antigua y/o popular según la cual los contenidos expresados por las diversas lenguas serían simplemente los mismos, de manera que la traducción equivaldría a una sustitución en el plano de la expresión. Los contenidos de lenguas diferentes – aparte del vocabulario técnico – no sólo no están en una relación de 1 a 1, sino que ni siquiera están en una relación racional del tipo 1 a 2, sino que más bien están en una relación “irracional” por lo cual muchos contenidos de dos lenguas diferentes son simplemente “inconmensurables”. Pero, al mismo tiempo, se considera precisamente esta diversidad en la estructuración de los significados como el problema fundamental de la teoría de la traducción o como la principal dificultad del traducir. Surge la pregunta de cómo traducir de una lengua a otra “x” palabra refiriéndose a palabras intraducibles. Son también intraducibles casi todas las palabras del léxico primario (no terminológico) de lenguas no relacionas estrechamente desde el punto de vista histórico – genealógico o histórico – cultural.

Tanto la teoría moderna como la antigua observa que no se traducen palabras. Por ejemplo la frase sueca “Jag vet inte” (no lo sé) no puede traducirse al español o al italiano ya que contiene un tipo especial de negación mientras que el español y el italiano no conocen la diferencia entre la negación con inte y la negación icke; dicho de otro modo no puede traducirse porque no hay equivalencias semánticas. Tampoco se traducen los significados, los contenidos de lengua como tales. La traducción no añade al plano de las lenguas sino al plano textual con la ayuda de medios extralingüísticos.

Dado que en la traducción se trata de expresar “un mismo contenido textual” en diferentes lenguas y que los contenidos de las lenguas son distintos, el contenido no será idiomático sino sólo inter – o supre- idiomático.

Existen tres tipos fundamentales de contenido lingüístico:
Designación, significado y sentido

El significado es el contenido dado en cada caso por la lengua. La designación, en cambio, es la referencia a la “cosa” extralingüística”, a los “hechos” o “estado” de cosas” extralingüísticas. Los casos de designación idéntica mediante significados distintos son muy frecuentes, también en una misma lengua. El sentido es el contenido particular de un texto o de una unidad textual, en la medida e que este contenido no coincide simplemente con el significado y con la designación. En lo lingüístico, sólo hay sentido en los textos, pero, en principio, el sentido es en gran parte transferible a otros modos de expresión, no lingüísticos. Así una novela y una película podrían tener el mismo sentido global.

El cometido de la traducción, desde el punto de vista lingüístico, es el de reproducir, no el mismo significado sino la misma designación y el mismo sentido con los medios (es decir, con los significados) de otra lengua.
La afirmación de que la traducción es imposible se refiere al significado, mientras que la comprobación de su existencia se refiere, al menos implícitamente, a la designación. Las explicaciones analíticas de los significados de las lenguas están en su lugar en un diccionario o en la lexicología contrastiva; pero una traducción no es un diccionario ni un estudio lexicológico – sino un hablar por medio de otra lengua y con un contenido ya dado.
Los significados de la lengua de partida funcionan en la traducción solo en la primera fase, la fase semasiológica; pero tan pronto como se ha entendido lo que el texto original designa, quedan excluidos, ya que en la segunda fase, la onomasiológica (en el proceso propio del traducir) se trata de hallar significados de la lengua de llegada que puedan designar lo mismo:

Sig.1 (Semasiológico) Sig.2 (Onomasiológico)

Recorrido hermenéutico

0
Designación

En la traducción importan por consiguiente, en primer lugar, las equivalencias en la designación. La relación entre los significados de la lengua de partida y de la lengua de llegada que en ella participan es sólo indirecta: no se establece, como en la lingüística contrastiva, en el plano mismo de los significados, sino que se da solo en la medida en que significados (análogos o distintos) de estas lenguas “corresponden” unos a otros a través de lo designado, o sea, coinciden (regularmente, en la mayoría de los casos o solo en casos determinados) en la función de designación. Lo que importa es que en ambas comunidades lingüísticas se conozcan y puedan designarse los elementos, las partes integrantes de los hechos referidos, y que situaciones análogas puedan ser construidas con los medios propios de las dos lenguas.

Coseriu dice que en el lenguaje metafórico lo que importa es que el traductor entienda la idea del autor y que sea capaz de transferirla a la lengua meta. Así, no es precisamente usual que un viajante de comercio se convierta en un “monstruo insecto” (metamorfosis de Kafka), aunque se llame Gregor Samsa; no es usual que “tablas” redondas (mesa redonda del rey Arturo) sean cuadradas ni que ideas verdes incoloras duerman furiosamente; pero puede imaginarse lo que se entiende por todo ello si se conocen los elementos. En la medida en que también las partes integrantes de los hechos (o “estados de cosas”) nombrados en los textos se desconocen en una comunidad lingüística y no disponen de designaciones en la lengua correspondiente, los textos mismos, no son “intraducibles” en el sentido propio de este término.

También las palabras se “traducen”, en la medida en que contribuyen a la designación. Solo que en muchos casos no pueden o no deben traducirse, si se trata de proporcionar la misma designación. Aquí Coseriu se refiere a la equivalencia dinámica de Nida. La diversidad de los significados de las diferentes lenguas, es decir, la distinta estructuración de la realidad que las lenguas mismas manifiestan, no es, como tan a menudo se cree, el problema por excelencia de la traducción, sino que es más bien su presupuesto, la condición de su existencia: precisamente por ello hay “traducción” y no simple sustitución en el plano de la expresión puesto que la traducción es por definición “designación idéntica por medio de significados en principio diferentes.

En el plano teórico, en cambio, el problema existe si solo para una determinada designación una lengua no posee significado alguno, es decir, si una determinada realidad no está estructurada de ningún modo en esa lengua, pues en este caso la traducción en sentido propio es, en efecto, imposible. Pero este caso no comporta ninguna dificultad especial para la práctica del traducir: frente al problema de las designaciones inexistentes (de las “realidades” no nombradas aún en la lengua de llegada), los traductores proceden como los hablantes en general, es decir, que aplican aquellos mismos procedimientos a que recurren en tales casos los hablantes de una lengua: adopción de expresiones de la lengua de partida, adaptación semántica (“calco”), creación de nuevas expresiones y significados (neologismos) con medios vernáculos. Por otra parte, los textos, como ya se dijo, no funcionan sólo por medio de su contenido lingüístico sino también por su relación implícita con principios del pensar universalmente válidos, con el conocimiento” general de las “cosas”, con ideas y creencias acerca de las “cosas” así como con todo tipo de contextos extralingüísticos.

Finalmente, en los textos, la lengua misma puede emplearse, no solo como sistema de signos, sino también como “realidad”. Pero si estos medios tiene solo una validez limitada o la lengua del original no funciona solo como sistema de designación meramente instrumental, puede surgir en la traducción un conflicto entre la designación y el sentido. Esto sucede especialmente en dos casos: a) cuando las cosas designadas tienen a su vez valores simbólicos (Jakobson) y precisamente valores simbólicos distintos en las distintas comunidades idiomáticas; b) cuando los hechos de lengua tienen en el texto original, no sólo función designativa, sino al mismo tiempo una función simbólica. En tales casos, el traductor ha de decidirse por le sentido o por la designación. Si se quiere conservar el sentido tendrá que cambiar la designación; si, en cambio, quiere conservar la designación, tendrá que indicar, eventualmente fuera de la traducción misma (por ejemplo, en una nota al pie o en un comentario explicativo).

Segundo planteamiento “erróneo”

Ejemplo; la palabra alemana “wald” no puede traducirse al español, no porque el español distinga bosque y selva, sino porque los sentimientos que la palabra “wald” suscita en los alemanes sería totalmente distintos de los que la palabra bosque pudiera suscitar en los españoles, aún prescindiendo de si los sentimientos aludidos se dan siempre y en todos los alemanes, todo esto constituye una confusión lamentable, aunque muy típica de la teoría de la traducción, pues se exige implícitamente a la traducción algo que, en rigor no puede exigirse ni siquiera al hablar primario. Wald no podría traducirse porque no existe palabra con el mismo significado o connotación en el español. Esta crítica que realiza Coseriu apunta a las diferentes visiones del mundo. En efecto, esos sentimientos no son suscitados por la palabra “wald” como tal sino por los bosques mismos como “cosas” designadas. Aún prescindiendo de si los sentimientos se dan siempre y en todos los alemanes – lo cual dista mucho de ser seguro – todo esto constituye una confusión lamentable, aunque muy típica de la teoría de la traducción, pues se exige a la traducción algo que no puede exigirse ni siquiera al hablar primario. De ello (sentimientos) se encargan los “realia” – realidades extralingüísticas, propias, específicas de una comunidad que la caracteriza. La traducción como simple técnica lingüística concierne sólo a los medios lingüísticos del hablar y no también a los extralingüísticos. Solo lo efectivamente dicho, o sea, lo expresado por el lenguaje en su función semiótica, lo “verbalizado” es a este respecto objeto de la traducción.

Algo análogo cabe decir también del lenguaje mismo en la medida en que se emplea en los textos, no simplemente (o no solo) en y por su función semiótica – sino como “realidad”. Aquí hay que distinguir diversos casos:
1) Diferentes usos del lenguaje como “realia”. En primer lugar lo lingüístico puede aparecer en los textos como la “realidad” de la que se habla. Esto sucede en el llamado uso “metalingüístico” del lenguaje.
2) En segundo lugar el lenguaje puede emplearse con función designativa y al mismo tiempo “sintomática” (es decir con la función de describir o caracterizar a los hablantes que lo producen). Así, en un texto en alemán literario, un personaje puede hablar con rasgos bávaros o en bávaro. Y si hay que traducir tal texto, lo que el personaje dice puede, en principio, traducirse, pero no lo bávaro de su hablar. En tales casos no es posible una traducción sino únicamente una adaptación: así, si el mantenimiento del sentido depende precisamente de esto, habrá que elegir en la lengua de llegada un dialecto que, en la comunidad lingüística correspondiente, pueda evocar lo mismo – o más o menos lo mismo – que el bávaro en la comunidad lingüística alemana.
3) Lo lingüístico puede emplearse con función designativa y al mismo tiempo con función “icástica”, es decir con la función de reproducir o de representar directamente la realidad designada. También en este caso, la traducción en sentido propio sólo es posible para la función designativa, pero no para la función icástica no para la ambigüedad. Lo “icástico” y la ambigüedad sólo pueden imitarse, y la imitación es a menudo prácticamente imposible – si se quiere conservar tanto la designación como el sentido, pues depende de si la lengua de llegada posee expresiones semejantes a las de la lengua de partida para las mismas designaciones.
4) Finalmente el lenguaje puede emplearse al mismo tiempo como lenguaje primario con función designativa y como metalenguaje. Esto se da cuando se habla con y al mismo tiempo de ciertas oposiciones de las lenguas, con y al mismo tiempo de ciertas unidades idiomáticas. Así por ejemplo en español “no lo trae sino que lo lleva” no podría traducirse exactamente al italiano, ya que el italiano no conoce una oposición análoga a “traer” / “llevar”. En tales casos sólo puede recurrirse a explicaciones analíticas de los significados, aptas para aclarar pero no para reproducir el sentido de lo dicho, o bien, otra vez, a la imitación; y en general, es muy difícil que en la traducción puedan mantenerse tanto la designación como el sentido del texto original.

Sólo el lenguaje en su función semiótica (el signo lingüístico) en sentido estricto puede ser traducido.

Tercer planteamiento erróneo

Cuando se discute críticamente la traducción y se señalan sus límites, se la considera como una técnica lingüística, mientras que lo que se le exige no concierne a esa técnica, sino a la traducción como actividad de los traductores, acerca de los cuales, sin embargo, se observa que, por lo menos, hasta cierto punto pueden cumplir también lo que no puede la traducción como tal. Esta contradicción solo puede deshacerse haciendo una nueva distinción: Hay que distinguir entre la traducción como actividad técnica relativa a las lenguas como sistemas de signos ya dados, traducción a la que llamaremos “trasposición” y la actividad real de lo traductores llamada “traducción como arte” (Cary). El traducir, en cambio, es una actividad compleja, que de ningún modo consiste sólo en “trasponer” y a menudo hasta puede o debe ser no trasposición. Lo que no puede traducirse o trasponerse porque en la lengua de llegada no hay equivalencias ninguna o porque se trata de algo que es racionalmente “intraducible”, de una realidad. Además de la trasposición, el traducir puede comportar según los casos creación de equivalencias – es decir de nuevos significados y de nuevas expresiones en la lengua de llegada – de adopción, adaptación, explicación analítica de significados de la lengua de partida y comentario o aclaración.

Con esto se anula también la paradoja de la traducción teóricamente imposible pero empíricamente existente: la traducción que a menudo es racionalmente imposible es la trasposición; la traducción que existe es el traducir.

Con la distinción entre “trasposición” y “traducir” se relaciona el problema de la “invariación” exigible a la traducción. La teoría más antigua de la traducción exige la invariación (conservación) sólo del contenido del texto, es decir el sentido, aunque a veces plantea otras exigencias. En cambio en la teoría moderna y actual se habla de distintos grados de invariación que deberían tener vigencia para distintos aspectos de los textos que se traducen.

Ahora bien, este planteamiento es doblemente inaceptable. Por un lado, los diversos aspectos del texto que en este planteamiento se consideran no son de la misma escala. Así, lo fónico y lo gráfico son instrumentos de segundo grado mientras que la transmisión de sentido es finalidad del texto. En efecto el traducir es una actividad finalista e históricamente condicionada, de manera que lo “óptimum” puede ser distinto, en cada caso, según los destinatarios, los textos que se traduzcan y la finalidad de la traducción.

El traducir es análogo sobre todo al hablar, sólo tienen vigencia normas diferenciadas y motivadas en sentido finalista. Por la misma razón, la mejor traducción absoluta de un texto simplemente no existe: solo puede existir la mejor traducción de tal texto para tales o cuales destinatarios, para tales o cuales fines y en tal y cual situación histórica.

Esquema

Idea central: la palabra es perfectamente traducible, lo que no se puede hacer es trasplantar el sentido, no se puede trasladar el referente. Coseriu prioriza el conocimiento de todo el contexto. El conocimiento extralingüístico nos va permitir optar por el sinónimo que más se acerque al significado original de la palabra.

- En los diferentes usos del lenguaje, Coseriu pone el ejemplo de Aristóteles en el cual se tradujo una palabra griega por “sirena” mediante la adopción, cuando Aristóteles se refería en realidad a la palabra misma, cómo está compuesta, es decir que debemos mantener la palabra tal cual, no podemos adaptarla ni usar calcos o préstamos.

- En los usos del lenguaje con función sintomática, no se puede trasladar la forma de hablar, no se puede tratar de transmitir el habla.

- En la función “icástica”, no se puede reproducir o representar la realidad designada, habrá que optar por mantener el sentido o representar la realidad designada.

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